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20 islas imperdibles: bienvenidos al paraíso

Se sabe –pero no todo viajero puede jactarse de haberlo visto–, hay una parte del planeta que es perfecta. De aspecto, diríamos, idílico.

Paraísos incluso para quienes prefieren sentarse en un café parisino antes que tomar contacto con las manifestaciones que la naturaleza ha previsto para este mundo. Nos referimos a las islas, esos sitios donde azul, turquesa y verde se vuelven una paleta tangible, descontracturante para los sentidos. Volcanes y montañas ahogados cuya cima aflora triunfante, piezas sueltas del gran rompecabezas continental. Fragmentos de la Tierra donde la arena puede ser tan blanca como la luz, a veces negra o rosada, de textura fina.

Se dice de las islas que son espacios parentéticos, sin tiempo. Y no mienten. Las hay más o menos solitarias, con y sin lujo. Lo que no falla es la naturaleza, que aguarda ser, al gusto de uno, apreciada de lejos o gozada con el cuerpo.

Las islas tienen límite. Porque una de las preocupaciones que surgen al viajar es cómo ensanchar el tiempo, el dinero y la cabeza para abordar todas las facetas de un destino. Los territorios insulares pueden estar a escala humana. Pero como la exhaustividad no tiene sentido en materia geográfica, dada la variedad, a veces inclasificable, de sitios valiosos para recorrer, compartimos una selección de veinte islas, todas increíbles por distintas razones, situadas a lo ancho del planeta.

En el Caribe, la Polinesia , al sureste de Asia , frente a Africa , en Sudamérica y Europa, estas porciones de tierra condensan cultura propia y la fusión con los pueblos lindantes (en ocasiones, sus propios colonizadores), tradiciones ancestrales, sabores nuevos, paisajes de película (o sea, montañas, volcanes, playas perfectas, selvas, especies autóctonas) y el profundo regocijo que, aquí y en la China, provoca el aire de mar.

Galápagos: tortugas a la vista

San Cristóbal, un anciano de 4 millones de años, y Fernandina, joven atractiva de 7.000 años son los extremos que definen, en el plano del tiempo, la grandeza de las Islas Galápagos, Ecuador. La más vieja y la más joven de este conglomerado insular del Pacífico sintetizan la esencia del lugar, que sobresale por su singular proceso geológico. Es cierto –hay que decirlo antes de avanzar– no es este el mejor sitio para tirarse panza arriba a disfrutar del ocio paisajístico. Galápagos es ideal para inquietos interesados en entender algunos misterios de la evolución.

Estas islas nunca estuvieron en contacto con el continente y, además, no contaron con presencia humana hasta el siglo XVI, lo que para los especialistas significó la posibilidad de entender el proceso evolutivo de la flora y fauna que arribaron a las islas por vientos y mareas. Puesto que el nacimiento de las Galápagos dependió de un “punto caliente” que empujó la corteza bajo las placas tectónicas, y dado que ese enigmático rincón eruptivo sigue haciendo de las suyas, se espera que nuevas islas nazcan por allí. Claro, no estaremos para verlo.

Sí podremos ver, por ahora, las icónicas tortugas de más de cien kilos y un metro y pico de largo, que con su cansino rallentando recorren las islas. Las veremos como las vio Charles Darwin en 1835, y seguramente nos parezcan un ítem crucial en la visita. Además, iguanas y leones marinos, pingüinos y volcanes en actividad. Mientras el desorden de este mundo obligó a las autoridades ecuatorianas a delimitar áreas de protección y restricciones en las especies introducidas, todavía se aprecia –y por eso juzgamos que estas islas son ineludibles– la más pura fuerza de la naturaleza (www.ecuador.travel).

Hechizos en Isla de Pascua

Algunos datos técnicos son esenciales para hacerse una idea más o menos acabada de qué significa pisar la Isla de Pascua y Hanga Roa, el principal sector de la isla: primero, se trata de un exótico territorio chileno ubicado en la Polinesia, solitariamente suelto en medio (a ver, a 3.700 km del Chile continental) del océano Pacífico.

No llegando a los 164 kilómetros cuadrados, apenas cinco mil personas viven en Pascua. Su símbolo indiscutido son las imponentes figuras esculpidas por la etnia rapanui, los “moais”, de unos ochocientos años de antigüedad, replicados en adornitos de biblioteca, veladores de madera, llaveros, llaveritos, collares y otros ornamentos. Pero en vivo y en directo su aura es irreproducible. Claro que quien considere escaso el magnetismo de los moais, puede desparramarse en la playa Ovahe, por ejemplo, de arena rosada, o en la paradisíaca Anakena. Hay cavernas silenciosas, volcanes, praderas para cabalgar, y claro, un clima excelente todo el año.

La naturaleza estalla en Fernando de Noronha

El Nordeste de Brasil oculta entre sus bellos y culturalmente ricos destinos un pequeño secreto de 17 kilómetros cuadrados situado en medio del Atlántico: Fernando de Noronha, una isla de origen volcánico, rodeada por un armónico archipiélago que aumenta un poco su superficie, a poco más de 500 kilómetros de las costas del estado de Pernambuco, allí donde se enclavan las seductoras Natal y Recife.

Si bien Fernando de Noronha es idilio puro en cuanto a sus paisajes de playa (jamás, jamás, nos aburriremos de la ecuación arena blanca / agua verde esmeralda), hay que aclarar: la visita requiere un estado físico respetable. Es decir, si lo que se busca es ocio extremo, replegarse en el mayor de los ostracismos, quizás este no sea “el” lugar. Aquí abundan los acantilados que hay que trepar por escaleras de piedra, y una flora por demás exuberante.

Pero a los esfuerzos les siguen siempre recompensas valiosas: jornadas de buceo con tortugas marinas, peces de colores y hasta siete especies de tiburones, caminatas por bellas bahías o, simplemente, platos que combinan delicias del mar con el inquebrantable hechizo de la gastronomía de Brasil. ¿Lo mejor? Estar en Fernando de Noronha es ser uno de los 420 privilegiados que están habilitados a llegar por día.

Bahamas, de sobra para elegir

No es fácil elegir sólo una de las cerca de 700 piezas que componen, entre deslumbrantes islas e islotes deshabitados, el archipiélago de Bahamas, al sudoeste de Estados Unidos. Sin embargo, el nivel de infraestructura permite agrupar estas islas según dos categorías: las más bien masivas –aunque la masividad insular no le pisa los talones a la urbana–, y aquellas desoladas, que ofrecen mayor intimidad y playas casi vírgenes.

En el primer grupo se incluyen las islas Long Island (para muchos, la más pintoresca), Paradise y New Providence. En esta última, un paseo por Nassau –capital del archipiélago– sorprende con sus mansiones coloniales, catedrales y fuertes del siglo XVIII. Paradise Island (unida a la capital por dos puentes) ostenta un desarrollo exclusivamente dedicado a los turistas: resorts, restaurantes, comercios, campo de golf, acuario y casino.

En la misma línea está Grand Bahama –a 88 kilómetros de la península de Florida–, otra de las islas concurridas: conjuga aldeas de pescadores, grandes hoteles y uno de los mayores sistemas de cavernas submarinas. Una estadía mucho más sencilla ofrece territorios como el de Andros, la más grande y menos explorada de las islas de Bahamas. Paraíso para el buceo y el snorkel, cuenta con el segundo arrecife más grande del hemisferio norte. La postal se completa con un marco de orquídeas salvajes e iguanas de más de un metro de largo. Los adeptos a la pesca deportiva no deberían perderse la isla Bimini; y si lo suyo es el pez espada, hacer pie en el conglomerado de 30 islotes de las Berry Islands, con playas solitarias y más sitios para bucear.

Otras perlas: Eleuthera, con su enigmática arena rosada y pueblitos coloniales; Inagua, donde la vida tiene forma de flamenco (hay cerca de 80 mil ejemplares); y Sea Cat, donde se ven en pie restos de culturas antiguas, entre pequeñas posadas, selva tupida y colinas.

Los cayos cubanos

Sin contar que Cuba es justamente una isla, qué injusto se siente dejar de lado a Coco, Guillermo y Jutía, algunos de los paradisíacos cayos que ostenta este interesante país. Sin embargo, distintas razones sustentan la elección –para esta modesta guía– de Cayo Largo del Sur como isla favorita dentro del archipiélago de Los Canarreos, rótulo enciclopédico para este sector del mar Caribe.

No tiene mucho sentido discutir sobre si aquí se llega a palpar la autenticidad de la cultura y la historia cubanas. Mejor regodearse con sus atractivos: cuenta con buena infraestructura hotelera (resorts, digamos, modernos pero clásicos), 24 km de playas –algunas casi vírgenes– y las esperables peceras naturales caribeñas, con formaciones coralinas increíbles, óptimas para el buceo y los deportes náuticos. ¿Un dato musical? En Cayo Largo del Sur se ha desarrollado una versión autóctona del son cubano: el contagioso “sucu sucu”

Anguila del Caribe

Mucho menos famosa que sus vecinas Puerto Rico o las pequeñas Antigua y Barbuda, Anguila constituye un lujoso rincón del Caribe. Pero viajar implica toparse con las ineludibles capas de la historia, a veces más, a veces menos patentes en los circuitos turísticos. Propiedad británica de ultramar, aterrizar en esta isla significa ingresar en el mundo de uno de los 16 territorios no autónomos que se hallan bajo la lupa del Comité de Descolonización de las Naciones Unidas. Su cultura es resultado del choque entre la impronta europea y las culturas amerindias. Gastronomía y costumbres eclécticas; ¿idioma oficial? Inglés.

Pero mientras la diplomacia hace lo suyo, la isla se ha constituido como destino de rasgos glamurosos que se combinan bien con la belleza extrema de sus paisajes y formaciones naturales. Cuenta con 33 playas, 7 parques acuáticos (buzos y amantes del snorquel quedarán pipones), un club de yacht y pesca, y hasta… ¡academia de tenis! Resorts, hoteles boutique, posadas, hay de todo para elegir. También muy buena movida nocturna.

Sint Maarten, a todo vapor

Este territorio caribeño situado en la delicada fila de las Antillas Menores es otro buen ejemplo del choque entre los pueblos de América (los arawaks , en este caso) y la impronta europea. No está de más aclarar un poco el enredo que suele despertar la división de la isla en dos partes casi homónimas: el nombre “Sint Maarten” se debe a Cristóbal Colón; cuando arribó al territorio en 1494 la nombró según el santoral y ese día tocaba San Martín de Tours. Durante un siglo y medio, a partir de ese momento, la isla fue disputada por Francia, España, Inglaterra y Holanda. El resultado, la parte norte de la isla quedó a cargo de Francia (Saint-Martin), y la parte sur –nuestra elegida– bajo la tutela de Holanda.

Agua transparente en St. Maarten

¿Qué hacer en Sint Maarten? Pasear en un lujoso yate bordeando la isla, cruzar en catamarán la línea donde el mar Caribe y el Atlántico se hermanan, hacer snorkel en Little Bay Beach, nadar en Mullet Bay Beach o aventurarse en windsurf o kitesurf en Guana Bay Beach. Arena fina y agua perfecta en playas para todos los gustos. ¿Otro poroto para la isla? Todo en Sint Maarten está liberado de impuestos, y se pueden hallar artículos de lujo (prendas de cuero, joyas, electrónicos, perfumes, cristales, obras de arte) a precios convenientes. Esto explica que la isla sea una parada frecuentada por distintos cruceros que circulan en el Caribe.

Las cosmopolitas Cayman

Geográficamente, las Islas Cayman se muestran como la cereza que corona el círculo formado por varias joyas centroamericanas: Jamaica, Cuba, Honduras y la mexicana Península de Yucatán. Allí, justo en el medio, este conjunto de tres islas (otro territorio británico de ultramar) ubicadas a una hora de la península de Florida (Estados Unidos) desparrama su encanto cosmopolita.

La fuerte apuesta turística de Cayman ha redundado en buenos frutos: gastronomía renombrada a nivel internacional y circuitos originales, como paseos en submarino o bodas con los pies descalzos en la playa (los altares favoritos de las parejas: el muelle Rum Point y la playa Siete Millas), lejos del estrés del salón, con pocos invitados y una puesta de sol única.

En Grand Cayman, la más concurrida de las tres islas, hay de todo para hacer: buceo en los arrecifes artificiales junto a distintos barcos hundidos, nadar al lado de rayas gigantes en la bahía Stingray City, ir de compras o simplemente recostarse en una hamaca a disfrutar del paisaje. Además, museos, resorts y unos 150 restaurantes de cocina internacional y pequeños locales especializados en platos autóctonos.

Mágica Santorini

No hay excusa para no pisar Santorini alguna vez en la vida. Esta deliciosa isla griega es una de las 56 que conforman, en el mar Egeo, el grupo de las famosas Cycladas; y es, a su vez, un grupo de islas menor, compuesto por Thíra, Thirassiá, Asproníssi, Palea y Nea Kaméni. Como en toda Grecia, una vez en Santorini se entiende por qué la civilización griega es una de las claves para comprender buena parte de la cultura de Occidente. Todo está allí: la belleza, el bien, la sabiduría.

Ya famosa en la Antigüedad, la isla sufrió una catástrofe volcánica en el 1500 aC. (atención, este complejo de islas es todavía un volcán en actividad), que hoy se vislumbra en sus formaciones rocosas desordenadas, con un entramado de casitas modestas y mansiones neoclásicas que se incrustan en la roca. En Firá, capital de Santorini, la postal es de calles empedradas que serpentean por las laderas, iglesias con cúpulas azules. De fondo, el mar, también azul.

Quienes sientan particular magnetismo por los paisajes urbanos nimios, pintorescos, considerarán a Firá un sitio inmejorable. Esto dejando de lado la debilidad que seguramente surja frente a las sabrosas ensaladas griegas, con pepinos y tomates cherry cultivados en la propia Santorini, y el clásico queso de cabra con aceite de oliva. Para la tarde, un romántico paseo por las playas de arena negra.

Cultura y naturaleza en Ischia

Italiana de cabo a rabo, de origen volcánico y apodada la “isla verde” (incluso la “isla esmeralda”), Ischia es la isla más grande del archipiélago de Nápoles, en el mar Tirreno. En este territorio insular se combinan naturaleza y veintiocho siglos de cultura, principalmente grecorromana. La historia de las ocupaciones de Ischia es un impresionante listado que abarca, entre muchos otros, a los hérulos, ostrogodos, bizantinos, normandos, romanos y, por supuesto, a los griegos, para quienes la isla se llamaba Pithecusa.

Parte de esta historia puede verse en uno de los puntos de mayor envergadura dentro de Ischia: el Castello Aragonese, una deslumbrante fortaleza unida a Ischia por un puente de 220 metros de largo, cuya primera construcción data del siglo V aC.

Entre colinas y valles llenos de flores coloridas (la primavera es, sin dudas, el mejor momento para viajar), otro de los atractivos de Ischia es su propuesta termal, una de las mayores de Europa. Además, hay 37 kilómetros de costas, con tranquilas playas, y un nutrido calendario folclórico que incluye más de cuarenta festividades litúrgicas anuales.

Hvar, la perla croata

Reservar el título de “perla” para Hvar parece una decisión acertada. Aunque está en el mar Adriático, esta es otra pintoresca ciudad de estilo mediterráneo que ostenta una marina imponente –no le faltan yates lujosos–, pero con el plus que le aporta pertenecer a Croacia, un destino culturalmente rico y alternativo para quienes suelen itinerar por los clásicos europeos.

Al casco histórico –absolutamente cuidado, deslumbrante por donde se lo mire, lleno de rincones valiosos– se le suma una extraña mezcla de perfumes a lavanda y romero, dos especies que predominan en esta tierra.

Los ineludibles incluyen el fuerte del siglo XVI, la catedral, el teatro de 1612 (una de las primeras salas municipales de Europa), el monasterio de los franciscanos, del siglo XV, y si se busca un poco de aventura para matizar el circuito arquitectónico, salidas de pesca, en kayak, montañismo y hasta escaladas por las interminables rocas que signan el paisaje de Hvar. Por la noche, sorpresa: en esta isla se desenvuelve una de las mejores movidas nocturnas de la región.

Canela, pimienta y Zanzíbar

Esta propuesta es ideal para viajeros con antojo de Africa, que sufren al tener que definir un itinerario dentro de este inmenso continente: Zanzíbar reúne cultura, historia y reservas naturales en un territorio pequeño. Queda a 35 kilómetros de la costa este de Africa, en Tanzania, pero la influencia cultural que ha recibido es variadísima: sumerios, asirios, egipcios, árabes, fenicios, indios, chinos, persas, portugueses, holandeses y británicos, entre otros, se han asentado, cada uno a su modo, en algún punto de la compleja historia de Zanzíbar.

Ubicado en el mar Indico, se trata de un archipiélago tropical compuesto por dos islas grandes (Unguja –más conocida como Zanzíbar– y Pemba) y 51 islotes. A dos kilómetros de Unguja se destaca un pequeño oasis: Mnemba, con lodges lujosos sobre la arena blanquísima. Stone Town, principal ciudad y acabado muestrario de la inmensa cultura swahili , constituye otro de los imperdibles: situada en la costa oeste de Zanzíbar, aquí se destacan imponentes torres, palacios y mezquitas.

En el mercado de Stone Town se consiguen bellos souvenires de madera tallada y –el ícono del archipiélago– especias de sabor intenso. Sería una tontería no volver a casa con un puñado de canela, pimienta y al menos una nuez moscada de Zanzíbar. ¿Un dato de color? En Stone Town nació el inolvidable líder de Queen, Freddie Mercury.

Lujosa Mauritius

Privilegiados los que caminan por la República de Mauritius (o Mauricio), isla exclusiva y con servicios de alta gama. El golf, las costas paradisíacas (palmeras cocoteras, agua entre 23 y 27 grados siempre), el servicio personalizado, en definitiva, la vida sin tiempo son las cartas de presentación de este pequeño territorio situado en el océano Indico, al este (900 kilómetros al este) de la enorme isla Madagascar.

Pero no sólo de lujo vive el hombre: en el pueblo Triolet –el más grande de Mauritius– llama la atención el imponente templo hindú Maheswarnath, en honor a los dioses Shiva, Krishna, Vishnu, Muruga, Brahma y Ganesha. Paseos entre árboles tropicales y flores exóticas, a pie o en mountain bike, delínean la visita. No podía faltar un buen mercado: en el pueblo Flacq funciona uno sumamente colorido y al aire libre.

¿Viajes con chicos? A diferencia de otras islas, en esta se disfrutan los gigantescos toboganes acuáticos del Parque de Agua de Leisure Village. Y dado que el agua es la esencia del lugar, hay propuestas variadas de buceo (para recién casados, buceo nocturno, buceo “safari”…) y deportes acuáticos en sus múltiples facetas, yates de lujo incluidos. Además, ruinas de antiguas fortalezas y, en Grand Bay y Pereybère, buena vida nocturna y shopping. Una vuelta por la playa La Cuvette promete una trasnoche ideal.

Seychelles, refugio tropical

Si lo que se busca es alejarse mental y espaciotemporalmente, esta es una gran alternativa. Al noreste de Madagascar, también en el océano Indico, algunos de los peatones que circulan por el archipiélago Seychelles (compuesto por más de cien islas) son tortugas gigantes, hermanastras de las que habitan las islas Galápagos. Si es posible elegir, febrero es el mes para aterrizar aquí, ya que se despliega el alegre, colorido y rimbombante carnaval tradicional, uno de los eventos que sobresalen de la excelente agenda cultural de Seychelles.

Es cierto que ya pasaron los meses óptimos para el avistaje de aves (aunque pájaros exóticos no faltan nunca aquí) y la movida de surf se desarrolló con toda su fuerza de mayo a septiembre. Sin embargo, hasta noviembre –más que en el resto del año– la fauna subacuática deslumbra a buzos de todo el globo. Los interesados pueden agendar, para fines de noviembre, el convocante festival “Subios”, con propuestas abocadas al buceo y al ecoturismo. También se viene la temporada de pesca, de octubre a abril.

Pero más allá de las fechas, Seychelles –en particular su principal isla, Mahé– cautiva los sentidos a toda hora. En esa fusión pictórica entre el agua azul y el cielo, no hay horizonte a la vista. La arena encandila con su blancura. Y se suma el colorido que domina la vegetación. Exuberante, fresca.

¡Rumbo a Phi Phi!

En Tailandia, la única poblada de las seis islas que componen Phi Phi es Ko Phi Phi Don, donde nos detendremos ahora. Ni Mediterráneo ni Caribe, estamos en el mar de Andamán, en medio de naturaleza bellísima, a una hora en barco desde Tailandia continental. Como el clima tiene dos estaciones, en noviembre arranca la mejor época para disfrutar de la naturaleza y cultura de esta interesante región del sudeste asiático. En especial de la naturaleza, ya que, aunque es más económica, la época de lluvias podría ser un obstáculo para aprovechar las actividades que ofrece la isla.

Quizás no tenga sentido viajar a Phi Phi –cerca no es– si la vida marina le resulta irrelevante (atención: hay dóciles tiburones leopardo esperando la foto). Otro de los sellos de Phi Phi es la amplitud de su oferta hotelera: hay opciones de lujo, con resorts dignos del Olimpo, y bungalows modestos acodados junto al mar.

De playas ni hablar: las hay para distinto público y horario. Una muy recomendada es Tonsai, que cuenta con animados barcitos, restaurantes y comercios. Eso sí, nada de andar descarrilándose por ahí; se solicita a los turistas respetar lo más posible los valores tailandeses: ni hombres de torso desnudo más allá de la playa, ni topless, las mujeres.

Bali, espíritu y color local

No es este el caso de una isla pequeña perdida en el mundo y con pocos habitantes, pero el lugar promete. Con casi 6.000 kilómetros cuadrados de superficie, Bali es el destino turístico más relevante de Indonesia, y su población constituye una de las principales minorías del país (unas tres millones de personas).

El turismo balinense ha seguido los pasos del expansivo desarrollo artístico local: danza (tradicional y moderna), música, manufactura de cueros y metales, escultura y pintura, entre más rubros, muestran en Bali un esplendor inmenso, con lo mejor de la culturas asiática y de Oceanía.

Bajo la sombra de los tamarindos, entre flores, aves exóticas y cañas de bambú, la experiencia en Bali, si bien incluye un enorme deleite visual, no puede omitir el costado espiritual que reina aquí, enfocado en el Tri Hita Karana , un concepto tripartito relacional entre dios, el hombre y el ambiente.

A los imponentes templos se suman –también para el deleite espiritual– playas encantadoras. Algunas de ellas son Nusa Dua, junto a hoteles de primera gama y grandes centros comerciales; Suluban, ideal para el surf; y Kuta, a 11 kilómetros de Denpasar (capital de Bali), con entretenimientos, movida juvenil, buena oferta gastronómica y lugares para bailar.

A bailar en Fiji

Sin masas continentales a la vista, da cierto vértigo acuático buscar en el mapa al conglomerado de más de trescientas islas que componen la República de Fiji. Sin embargo, este destino del Pacífico Sur es una de las naciones más desarrolladas de esta parte del océano, gracias a sus tupidos bosques, minerales y recursos pesqueros. Los visitantes que llegan a Fiji son recibidos con un amable bula, la popular forma de dar la bienvenida aquí.

Es reconocida la buena atención y excelente carácter de los pobladores, quienes invitan al paseante a disfrutar de veladas románticas en la playa y estadías en lujosos hoteles (los eco-resorts son, aquí, un clásico) o, en cambio, aventurarse en medio de naturaleza tupida, bucear, pasear en canoa, hacer canopy o soltar como nunca el esqueleto en un divertido baile tradicional y comunitario. En su oferta cultural y gastronómica –con deliciosos platos del mar– se verifica un nutrido mosaico que incluye tradiciones de los pueblos originarios, indios, chinos y europeos. Un destino exótico y fascinante perdido en el océano.

Los atolones de Maldivas

Como un rompecabezas de miles de piezas sin armar, la República de Maldivas es uno de los países más planos del mundo, con altitudes bajísimas, que no superan los dos metros. El regocijo visual que produce una panorámica de alguno de los 26 atolones de las Maldivas es indescriptible. Esas lagunas internas de color azul y el matiz turquesa de los arrecifes parecen coparlo todo: pero en los bordes, dibujando una circunferencia, está la vida de un pueblo (colonizado y descolonizado ya muchas veces), distribuido en 200 de las casi 2.000 islas que abarca el país.

¿Dónde estamos? En el océano Indico, al sudoeste de India. Deportes de agua, buceo de la mano de mil especies de peces y otras criaturas marinas, salidas de pesca nocturnas y, aunque esté alojado en Malé, la capital, excursiones por los distintos atolones, donde seducen aldeas de pescadores, con sus puertos y los colores de las fachadas de las casas. El contraste está dado por la acabada oferta de lujosos resorts –sobran las propuestas de spa–, en este paraíso terrenal.

Turquesa Bora Bora

Es la más famosa de las 118 islas que, en cinco archipiélagos, conforman la Polinesia Francesa, con capital en Tahití. Y sus motivos tiene: coronada por la maciza mole del monte Otemanu y una exuberante vegetación siempre verde, está rodeada por una laguna de un turquesa imposible, protegida del mar abierto por un anillo de arrecifes e islotes, llamados motus .

Esa laguna es el sitio perfecto para hacer snorkel entre rayas y peces de todos los colores, a pocos metros de lujosas habitaciones montadas sobre pilotes y con pisos transparentes de hoteles cinco estrellas –St. Regis, Intercontinental, Le Meridien, entre otros–, como para no olvidarse nunca de ese mar único. Pero quizás la mayor de las atracciones sea el snorkel entre tiburones, que por decenas rodean las lanchas donde los azorados turistas dudan antes de zambullirse.

También son actividades comunes las caminatas con escafandra por el fondo del mar, los encuentros con la vida marina en mini submarinos, los picnics o parrilladas de pescados en motus deshabitados o esos snorkelings “a la deriva”, impulsados por las corrientes marinas. Probablemente el principal destino mundial para lunas de miel y aniversarios.

Un refugio hawaiano

Quienes busquen una buena postal de la Polinesia, pero que contraste con el clásico formato de oasis, quizás hallen en Maui –la segunda isla en tamaño del conglomerado estadounidense Hawaii– un interesante refugio. En su geografía desprolija se destacan dos imponentes volcanes unidos por un istmo.

Y a diferencia de otros territorios insulares donde los termómetros se clavan inamovibles en los 26 o 27 grados, los volcanes de Maui producen, según la ubicación, diferencias en la intensidad de los vientos y en la temperatura, además de un gran valle fértil, de verde intenso: por algo apodaron a Maui “la isla del valle”.

En el histórico pueblo Lahaina se pueden disfrutar decenas de galerías de arte y una buena oferta de tiendas y restaurantes. Los paseos por la playa se concentran en Kaanapali, donde el agua cristalina y la arena suave están precedidas por varios hoteles y resorts, campos de golf y una zona comercial.

Sin embargo, uno de los puntos magnéticos de Maui es el Parque Nacional Haleakala, donde se concentran especies de animales exóticos y una flora apretada, exuberante. ¿Dos planes ideales? Los paseos a caballo por los senderos de este bello espacio natural y la subida, en plena madrugada, al centro de visitantes del parque, situado a casi tres mil metros de altura. Lo que sigue es el mejor amanecer.

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